El conflicto: “Dios no juega a los dados”

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Hoy por la mañana, mientras esperaba la señal verde del semáforo, observé una contradicción muy natural en la vida del humano. Por una parte, el metro aéreo sucedía en dirección oriente y los automóviles que transitaban por avenida Colón iban en dirección poniente. Al ver esto, mi mente recordó a Einstein con su frase “Dios no juega a los dados”. ¿Por qué? Si todo tuviera una libertad no física, los conflictos en la vida estuvieran carentes.

En el universo hay un patrón que se rige por leyes físicas, pero también en la vida de los hombres y las mujeres este patrón existe –y me atrevo a decir que sería muy valiente la persona que lo negara-, el cual es el conflicto. En resumen, todo conflicto es Dios y toda vida es un conflicto.

Pretendo llegar a lo siguiente: además de mi ejemplo matutino, el cual muestra que también la vida es movimiento (miremos la naturaleza: todo es movimiento, como dijo Heráclito, “Nadie se baña en el río dos veces porque todo cambia en el río y en el que se baña”. Y en esto hay un conflicto, porque hay continuidad y, en ella, cambio.

Si recordamos que la vida es “historias”, encuentro que cada una de ellas contiene un conflicto, el cual llamaré “engendro”, y, de acuerdo con una de las acepciones de la RAE, es “Plan, designio u obra intelectual mal concebidos.”

Pareciera que esto es contradictorio, pero no. Otra acepción de esta palabra dice “Criatura informe que nace sin la proporción debida”, y es entonces cuando pienso en que las historias son así, como un plan mal concebido, pero no por estar mal hecho, sino porque los engendros (conflictos) nacen para hacer existir las fuerzas en pugna.

Ahora bien, en toda obra literaria hay un conflicto. En el cine también existe, sobre todo porque se inclina mucho por crear una atmósfera tensionante que se caldea para después resolver el problema. Cuando leemos un cuento, vayamos a analizar en qué parte está el conflicto que atormenta al protagonista. Recuerdo, en este instante, para ejemplificar, el famoso cuento “Las babas del diablo”, de Julio Cortázar. En él surge un conflicto cuando el protagonista, el fotógrafo Roberto Michel, revela unas fotografías que le tomó a dos personas en un parque (un hombre joven y una mujer madura). Al analizarlas muy bien en su estudio, después de una contemplación exhaustiva de la imagen, observa una anomalía: hay un arma que amenaza la vida de un muchacho. ¿Cómo nos lo da a entender Cortázar? A través del reflejo de la mirada, el hombre que se encuentra distante del primer plano fotográfico, pero que en el acercamiento de la imagen se ve cómo esa arma funge como un artilugio literario que representa la amenaza, incluso una posible muerte o algo terrible.

Cito:

“…el hombre del sombrero gris, cuidadosamente descartado en la fotografía pero reflejándose en los ojos del chico”.

El escritor argentino nos da una clase narrativa con este recurso literario porque el conflicto es doble: por una parte el protagonista comprueba que hay un problema entre tres personas, no entre dos, como pensaba, y por otra se siente impotente porque ahora no puede hacer nada al respecto, no sabe si el hecho que fotografió ahora ya se ha cometido como un crimen.

En lo anterior se aprecia un engendro (conflicto), que dicho sea al paso después fue llevado al cine magistralmente por el cineasta Michelangelo Antonioni en Blow-Up (1966) con algunas variaciones del tema y un David Hemmings extraordinario en su interpretación.

 Ahora bien, cuando en la mañana vi este conflicto de objetos transitando en direcciones opuestas, de inmediato pensé en otro maestro para contar historias: Woody Allen. Me vino a la mente la escena de entrada, el Fade In de su filme Manhattan (1979).

El engendro de la película no es el amor ni las relaciones caóticas en la vida de los protagonistas, es sin duda la ciudad de Nueva York porque en ella transcurren toda clase de historias similares, sobre todo en el clisé kitsch de los 70´s de la vida norteamericana, que Allen retrata como una gran parodia.

Veamos.

Allen pensó en un músico y en una sinfonía: George Gershwin y su “Rhapsody in Blue”. Al comenzar la película, los acordes suenan de inmediato. Una melodía suave, particular y provocativa fue el punto de partida para, a través de la secuencia de imágenes que forman parte del “Chapter I”, lograr una fuerza de expresión increíble a modo de imágenes poéticas. Una característica que se observa desde el inicio es su rodaje en blanco y negro; de esta forma, el cineasta vuelve y parte a lo clásico para conjugarlo con técnicas narrativas modernas, tanto visuales como textuales. Ejemplo: cuando al principio del guion se narra en voz de Allen la forma en que comenzará la historia y en su secuencia se retracta para hacerlo de nuevo, descartando cuatro posibles inicios y efectuando el quinto, se oye el VOICE OFF y se reproduce “Rhapsody in Blue”:

Capítulo 1

Comienzo 1: Él adoraba Nueva York…

Comienzo 2: Él sentía demasiado románticamente Manhattan…

Comienzo 3: Él adoraba Nueva York… para él era una metáfora de la decadencia de la cultura contemporánea…

Comienzo 4: Adoraba Nueva York, aunque para él era una metáfora de la decadencia de la cultura contemporánea…

Comienzo 5: Él era tan duro y romántico como la ciudad a la que amaba […] Nueva York era su ciudad y siempre lo sería.

Luego de tal comienzo vertiginoso, la vorágine neurótica del director neoyorquino vuelve a sus orígenes y hace una crítica a la sociedad contemporánea, a los ideales desmoralizantes, a una cultura preconstruida y hecha a modo del molde esnobista. Se muestra ácido y mordaz con la sociedad, pero también se critica a través de su personaje: este es una clara muestra de frustraciones mentales y sexuales ironizadas —quizá exageradas a la manera de los mitómanos—, para mostrar al mundo que nadie está exento de equivocarse y rectificar en el camino.

 Como hemos visto, las historias son conflictos y ellos siempre están necesitados de alguien que los resuelva. Sin lugar a la duda, el juego de Dios no es a los dados, sino a las historias.

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