Ideas peligrosas: la igualdad

Una de las situaciones más temibles que hoy existen en la sociedad es el miedo y el terror de no sentirse querido o reconocido socialmente. Para agregar un atributo, la indiferencia surge como la cabeza que hacía falta a esta Hidra poderosa.

El filósofo suizo Alain De Botton, en su libro La ansiedad por el estatus, dice:

“El problema es que pensamos que todos somos iguales ante la ley y que tenemos las mismas oportunidades. Pero esto no es cierto, la realidad es que la sociedad es desigual. Lo que yo digo es que la idea de igualdad es cruel y falsa, porque quien tiene mayor dificultad para conseguir el reconocimiento sigue siendo aquél que está en el nivel más bajo”.

Lo anterior nos remite al miedo y, por lo tanto, buscamos posibilidades que como humanos nos sublimen y hagan reconocernos. Cuando sucede lo contrario, aparecen los inconvenientes.

Con el título “Ideas peligrosas: la igualdad” pretendo mostrar cómo entre nosotros como sociedad nos hacemos daño y, aunque nos cueste aceptarlo, somos una partícula en el súper cosmos del poder. Una posible solución es que podamos lograr educarnos a través de una mejor percepción de las cosas y no aterrorizarnos como humanos ante quien es diferente. El problema radica en que creemos en la igualdad y aceptar esta premisa es un peligro, es una idea dañina porque, créanme, no somos iguales, no tenemos los mismos derechos ni ante la ley ni ante el poder. En el fondo lo sabemos, pero cuesta demasiado aceptar que el dueño de una gran empresa es igual a mí o el presidente tiene los mismos derechos que yo. Para nada, ante la sociedad, ellos tienen más derechos que yo o que otras personas. ¿Por qué? Porque creemos en la teoría de la igualdad, pero no la tenemos en la práctica. Echen una mirada a la ley, a la historia y a nuestros presente, verán que todo eso es una solución teórica, una ilusión para los demás.

Veamos.

He reflexionado lo anterior porque justamente hoy por la mañana salí de mi trabajo a comprar un café. Para conseguirlo, crucé una de las avenidas más ruidosas de la ciudad: la avenida Colón. Siempre ha sido un periplo, debo confesarlo, hacer este mínimo viaje en espacio pero infinito en tiempo. La razón es la siguiente: sinfín de rostros avanzan hacia un destino pero en el fondo tenemos miedo de conocernos.

Es común que al andar en la calle si le preguntas a una persona algo, reaccione defensivamente: es que el temor se palpa.

Las personas hemos sido víctimas de esta circunstancia. Conforme pasan los años vamos haciéndonos más medrosos, más abstraídos, más solitarios. Como paradoja, sucede que cuando vamos en automóvil ese supuesto temor se convierte en agresión: el conductor, convertido en un energúmeno, grita, la mienta y promueve sendos improperios a la sazón de segundos. Es cotidiano observar cómo, ante un cerrón, el chofer se exacerbe y responda con el claxon los cinco tonos que tiene la mentada de madre. Eso es de lo más tranquilo. Pero he visto realidades realmente atroces: un repartidor de pizzas perseguía a un camión en la avenida Fleteros. Al alcanzarlo, le reclamaba al chofer airadamente desde abajo y a la ventana del piloto. Lo peor fue cuando llegaron dos camaradas repartidores y, literalmente, le repartieron sendos cascazos al amedrentado conductor. Situaciones así podríamos enumerar infinitamente, pero vale más citar el ejemplo.

Importa ahora que rememoremos por qué las personas tenemos miedo al andar en la calle. Cabe decir: en segundos, un ciudadano puede perder la vida en un cruce de calles como efecto de un automovilista irresponsable (recuérdese el caso de los ciclistas que fallecieron por la imprudencia de un policía borracho que manejaba su unidad). Lamentable… O bien, tanto es el desparpajo con el cual los camioneros manejan la vida de los pasajeros que pende de un hilo de araña: delgada y frágil. En la ciudad de Monterrey las personas visitan más los estadios de fútbol y los hospitales que las bibliotecas. Obviamente, porque en una está la dispersión social, la alienación, y en el otro la repercusión de una herida por trifulca, una puñalada en la cantina, una contusión por reyerta familiar, etc. O las mentadas “fracturas accidentales” que tanto advierten las madres a sus hijos. No mencionemos los accidentes ocasionados por choques de autos.

Pero, sobre todo, el ciudadano vive con miedo a raíz de la inseguridad que el Gobierno y ya saben quién han infiltrado en la sociedad. A éstos dos se incluye un tercer actor: los medios tradicionales de comunicación. Ellos fungen como verdaderos comunicadores y publicistas de quien corrompe la ley. Un periodismo más sensato argumentaría desde la crítica filosófica la destrucción o desmembramiento de un estado, no desde el morbo noticiero. Porque, lo podemos ver a diario, es evidente que no lo hacen. Su única misión es informar para vender. Es entonces que la percepción social es influida y a todos nos compenetra, incluso hasta en la jerga hablada. Para informar los medios deben tener una responsabilidad, no una complicidad con otras noticias, cuyo origen se teje en lo oscurito. Cada día observo las portadas de los diarios vendidas por los voceros (en las avenidas cuando el semáforo está en rojo). La portada es siempre chata y morbosa: promueve el morbo y el simplismo. No hay fondo, sólo forma.

Los diarios locales de Monterrey usan patrones muy gastados cuyo origen se alarga hasta la Edad Media. La sangre, el morbo, la proliferación de lo evidente, la amenaza. Porque, ¿acaso no es amenaza invadir la privacidad aun cuando estás en público? Sucede en la televisión, en la primera plana, en el mensaje de correo. Todos los días somos los depositarios de un sistema corrupto, podrido y utilitario que sólo ve al ciudadano como un objeto para sus beneficios torcidos.

A través del miedo, la mala información cobra vida. Es un río que se alimenta de todos los ciudadanos que vemos cómo la corriente se vuelve más caudalosa y turbia. Nosotros, aunque suene a flagelo, somos parte de todo este mundo en el que difícilmente podemos escapar de la ignorancia.

***
De Botton, Alain. La ansiedad por el estatus, Editorial Taurus, Madrid, 2004.

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