La importancia de la memoria en el escritor

Un día observé una réplica de la pintura “Persistencia de la memoria”, del pintor catalán Salvador Dalí, entonces en primera instancia la imagen sobrepasó mis sentidos y se inyectó en las profundidades de mi alma, pero no por causarme un ex abrupto al corazón sino por los desplazamientos oníricos que implican aquellas relaciones de color, sustancia y materia líquida presentes en el cuadro.

La memoria es tiempo, pero también es representación de las percepciones colectivas e individuales. En esta pintura hay un color que predomina: el café que torna a oscuro. Y él pareciera no tener importancia y no destacar entre los relojes “blandos”. ¿A dónde quiero llegar con esto? No deseo profundizar en las significaciones variopintas del cuadro ni en la vida del pintor, sino tomar como referencia el uso de la memoria en la pintura y traspasarlo a un hecho fundamental y distinto en la historia de la cultura: la figura del escritor. Él tiene ataduras inconscientes que no lo obligan a mirar más allá de su realidad. En su mirada lo que está afuera importa, pero, a mi juicio, ver adentro (en la memoria) resulta más estimulante y rico. Tan sólo recordemos cómo los rapsodas de la antigüedad recitaban La Ilíada con todo y sus extensos hexámetros, acumulados en la poderosa garganta para decirlos ante la multitud.

Es un hecho: el escritor está obligado a encontrar su memoria y a partir de ahí formar su esqueleto creativo, pues sin ella sólo es cuerpo sin sustancia. Los escritores cometemos el error de creer que sólo al mirar la realidad podemos analizarla y comprender lo circundante; sin embargo, de ser así caeríamos en la anécdota.

Poetas como Rimbaud y Mallarmé crearon su poesía a partir de la memoria. Los surrealistas usaron esto y lo enaltecieron al cenit. Paul Éluard y André Bretón lo expusieron fervientemente. El primero en La ciudad y el dolor; el segundo, en la novela Nadja, un hito en la literatura del siglo XX.

Como premisa, quiero manifestar que por memoria no me refiero a “lo que recuerdo y escribo”, sino por “rememoro al instante en que escribo”, situación muy diferente y en la que sintaxis y gramática propias de un escritor generan su estilo (voz poética). En otras palabras, la expresión corriente conciencia está presente. A partir de ahí, la generación de un poema, un relato o un texto en sí se puede desarrollar bajo estas condiciones. Pero entonces, se preguntarán, “¿cómo es esto?”. Ejemplo: piensa en un concepto y en una imagen. Después tradúcelos en tu mente y llévalos a tu memoria. Ahí “rememora” aquello que pensaste (una manzana, un puente o una escalera, por citar un significante) y luego vuélcalos a la página, escribe todo aquello que venga a tu mente, ¡ahí está! Esa es la memoria. No es la ordenada, la cerebral. Es la otra, en la que impera el caos y la locura. Porque poesía es eso, locura, subjetividad, tormento. Y sólo haciendo memoria el escritor puede desfasarse de su yo como persona y realmente convivir en la hendidura que lo divide de lo racional e irracional.

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