Una mirada a “Los Puentes de Madison”

Los Puentes de Madison plantea que el amor “prohibido” es posible cuando las premisas morales y cívicas se rompen por el deseo de las dos personas.

Surge entonces la posibilidad de sentir, por vez primera y de manera real, el amor como tal, desnudo, sin fronteras ni compromisos sociales. Clint Eastwood logra atrapar en una red este aspecto y lo catapulta al cine con esta romántica y, a la vez, melancólica manera de contar una historia. Quizá este aspecto es lo que en realidad hace cobrar fuerza a la imagen de los dos protagonistas, pues, sin duda, sostienen el argumento.

Filmada entre septiembre y octubre de 1994, Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County) se estrenó un año después. Este filme -ubicado en el condado de Madison, Iowa, EU- relata la historia de Francesca (Meryl Streep), una ama de casa de origen italiano que vive con su esposo e hijos en una granja, y de Robert Kincaid (Clint Eastwood), un fotógrafo que trabaja para la revista National Geographic, el cual ha ido a la región para fotografiar los famosos puentes.

Un día Michael, el esposo, y los dos hijos que tiene el matrimonio, emprenden un viaje de cuatro días para una competencia hípica en la que participará la hija menor. Es entonces cuando Francesca queda solitaria en su casa. Horas más tarde de la partida, Robert llega a la granja para preguntar la ubicación de uno de los puentes. La primera escena es de reconocimiento y se percibe un leve coqueteo por parte de los dos, más marcado en ella que en él. Luego de una breve plática, ella le propone al fotógrafo encaminarlo hasta el puente. Ahí comienza la verdadera historia.

Durante el primer día quedan lazados por un sentimiento mutuo, el cual a medida que avanzan las horas, comienza a incrementarse. Es ayudado, sin duda, por la constante charla, los cafés, el cigarrillo y las anécdotas que Robert le cuenta en sus andanzas como fotógrafo a través del mundo. Llega la noche y Robert decide irse. En el fondo los dos desean estar juntos, pero la prudencia los detiene.

Una escena me cautiva en lo particular. Cuando Robert se va la primera noche en búsqueda de un lugar para dormir, Francesca lo despide desde la portada de su casa. Puesta tiene una bata, la cual con el viento hace que se conmueva y pegue a su cuerpo. El ángulo nos muestra a una mujer sedienta de hombre, con una sexualidad que sugiere, no muestra: eso es lo más emocionante. Técnicamente logra un cenit sensacional y da a entender lo que vendrá después.

Al siguiente día, Robert telefonea a Francesca y le sugiere que se vean. Acepta. El romance oficialmente inicia -pues el idilio surge, a mi juicio, desde el primer encuentro-. En los restantes dos  días la evolución del enamoramiento pasa factura en las responsabilidades adultas de los protagonistas. En esta ocasión la historia no nos muestra a dos jóvenes que se enamoran, sino a dos adultos -de muy distinto origen, aficiones y obligaciones- que encuentran su par, su semejante, diré, en la persona menos adecuada pero sí la más ideal para cabalizar todo aquello que durante la vida han creído que es el amor.

Mas, tras esta historia bellísima tenemos la de los hijos ya mayores que tuvo Francesca con su esposo. La película comienza con el hijo, la esposa de él, la hija y el notario, el cual va a atestiguar el testamento de la señora Francesca, en el cual ha dejado tácitas indicaciones sobre lo que se debe hacer con sus pertenencias. Es ahí cuando empieza a provocarse el interés del filme. Una serie de elucubraciones hacen proceder al hijo con cautela ante el notariado y decide, junto a su hermana, que pensará el asunto en privado. Cuando “descubren” la verdadera historia de su madre, entran en pánico emocional pero a medida que avanzan en el relato, escrito en tres diarios por ella, van cambiando de postura acerca de su progenitora, lo cual es un acierto, a mi ver, en la transformación moral de un personaje al conocer un acontecimiento del pasado. En lapsos vemos en planos simultáneos (presente y pasado) lo que acontece en la historia de los hijos y la historia de Francesca y Robert. Este recurso estilístico de metadiégeis cinematográfica embellece la película, es decir, tenemos una línea argumental en el presente -con Francesca muerta, que ha dejado su testamento- a partir de la cual se cuentan los pormenores.

Esta historia realza por su belleza, la profundidad de sus diálogos, la búsqueda del otro, del ser que se necesita pero que en esta ocasión es prohibido por circunstancias morales y sociales; por la técnica narrativa visual, los ángulos, que casi siempre están enfocando a los dos sujetos protagonistas, a sus expresiones y, en planos abiertos, al enfoque de los puentes. Este punto es fundamental por lo siguiente: un puente siempre es el símbolo de la unión entre dos extremos territoriales. En el caso del filme, es él quien une porque es el principio motivador, sui géneris, mas por extraño que parezca es la razón, a mi ver, de enlazar la historia. Este simbolismo junta la vida de dos personas, la fotografía con la belleza, la poesía con el amor, la atracción sexual con el coqueteo y la circunstancia de ser dos extraños en un mundo sólo reconocible cuando la comunicación es posible. A los protagonistas los une la poesía, el misterio del otro y algo inentendible: el amor. Los observamos cuando Robert le dice a Francesca:

“Sólo lo diré una vez. No lo había dicho nunca antes, pero esta clase de certeza sólo se presenta una vez en la vida”.

Luego de despedirse con esa frase, al siguiente día hay una secuencia de escenas en las que el dramatismo es impecable. Llueve. Francesca sale de una tienda y se refugia en su camioneta. Intensamente cae el agua. Ella, de pronto, advierte a una figura que se distingue entre la luz grisácea del día: Robert Kinkaid yace en medio de la calle, bajo la lluvia, y la mira entrañable, como deséandola, casi, al parecer, quiere robársela con la mirada, pero sabe que es poco posible. Entre la intensidad de las miradas aparece Michael, el esposo, y Francesca se refugia en su lamento, aguantando el llanto, pues sabe que no puede irse aunque lo desea con gran fervor.

Así termina esta historia, aunque comienza otra, que es la que en la mente de los hijos se forma con el conocimiento de la verdadera vida que tuvo su madre.


Referencias geográficas de los puentes

Holliwell Bridge, Winterset, Iowa, Estados Unidos

Roseman Bridge, Winterset, Iowa, Estados Unidos


 

Ficha técnica

Título: Los puentes de Madison

Título original:  The Bridges of Madison County

Año: 1995

Director: Clint Eastwood

Producción: Clint Eastwood

Escritor: Robert James Waller

Guion: Richard LaGravenese

Fotografía: Jack N. Green

País: Estados Unidos

Genéro: Drama romántico

Idioma(s): Inglés

Duración: 135 min.

Distribuidor: Warner Bros Pictures

Actores: Clint Eastwood (Robert Kincaid), Meryl Sreep (Francesca Johnson), Annie Corley (Carolyn Johnson), Victor Slezak (Michael Johnson), Jim Haynie (Richard Johnson)

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La Dedicatoria del poeta Miguel Covarrubias

Fui a una librería de viejo con la finalidad de encontrarme con algo diferente y aquella tarde, alrededor de las 14:30, tenía un aire inusual: la poesía.

Y, entre tanta realidad absorbente de autos, personas e ilusiones fugitivas, pareciera que el destino o el azar confabularon su mirada coqueta y así un olvidado libro llegara a mis manos.

Eso fue lo que sucedió: un ejemplar de La sombra de pantera, del poeta Miguel Covarrubias, asomó su cubierta naranja. Abrí las primeras hojas y encontré una dedicatoria autográfica. Transcribo textualmente:

Para el actor y director teatral Luis Martín, para mi amigo y compañero de muchos, muchos años. Afectuosamente, MC.

Festival Alfonsino, 26, mayo, 1999.

La caligrafía delgada y con puntos de fuga hacia arriba sugiere que el autor no tuvo prisa al escribirla; sin embargo, es el contenido del texto lo preocupante. Se trata de un libro firmado por el poeta a un supuesto amigo y compañero. Lo interesante es saber por qué llegó a una librería en donde se venden libros usados. Se trata de una paradoja. Un sinsentido de la existencia. Alguien te dedica un libro y después lo encuentras en el lugar que menos deseas. En ocasiones los actos hablan más que las palabras. En este asunto, la representación de ese libro ha naufragado a esta columna.

Ahora bien, hay un caso semejante en la literatura que marcó la ruptura de dos escritores. En la biografía La sombra de Naipaul², del escritor Paul Theroux —ejemplar que, por cierto, compré en esa misma librería meses atrás—, se cuenta la historia de cómo un día de 1996 llegó a una tienda de libros usados y encontró que sus libros —dedicados para su amigo el escritor Vidia S. Naipaul— estaban ahí. Tal acontecimiento derivó en la disolución de una gran amistad forjada durante treinta años. La consecuencia fue que Theroux escribiera el tremendo libro en el que cuenta a detalle lo ocurrido durante ese tiempo.

Tras comentar lo anterior, me pregunto “¿qué sucede en el fondo de nosotros los humanos cuando traicionamos una lealtad?”. La respuesta orilla a más preguntas, las cuales, a ojo de buen cubero, no terminan en una tertulia sino en sueños. Más allá del anecdotario cultural, la imaginación termina por cubrir los huecos que jamás sabremos, las respuestas que serán difíciles de encontrar.

Después de salir de aquella librería, yo me preguntaba en situaciones similares que he vivido en donde la lealtad es rebasada por las ambiciones o el desinterés. Es en este sentido que la poesía cobra mayor importancia. ¿A qué camino quiero llegar? Sencillo: la poesía es un instrumento para que el poeta hable acerca de temas de los cuales nadie desea hablar. Incluso el novelista se acerca, tal vez no con la misma naturalidad en el lenguaje que el poeta, cuando habla acerca de la vida. Agrego: en diversas pláticas que he tenido con mis amigos y mi esposa he confesado “el escritor tal vez no tenga el trabajo más pesado, inseguro y matado, pero sí uno muy difícil de sostener, pues trabaja con la vida”. Lo anterior es, al menos desde mi juicio, un asunto difícil. Trabajar con la vida, sí, porque trabajo implica esfuerzo y superación, ritual que empieza desde las cinco de la mañana hasta las doce de la noche.

Si pensamos en la situación de una persona traicionada tenemos que analizar el por qué. Cuando lo sabemos, entonces los fantasmas se liberan y comienza la preparación para tiempos mejores.

Cierro este texto con algo de pesar y pienso en el maestro Covarrubias, a quien conozco sólo de vista y su andar quijotesco. Cito, de su libro, lo siguientes versos en prosa: “Tierra en pie de guerra. El bien y el mal se ocultan cuando ese remolino de lodo conviértese en la bestia indomable que nadie deposita en su propio regazo de cristal granulado.”


Bibliografía

¹ Covarrubias, Miguel. Sombra de pantera. Ediciones Castillo, 1ª. Edición, 1999, Monterrey, NL.

² Theroux, Paul. La sombra de Naipaul. Ediciones B, 1ª. Edición, Trad. Carlos Abreu, España, 2002.

¿De qué sirve la poesía?

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Desde que escribo me he preguntado por qué lo hago… aún no puedo resolverlo. Sería petulante decir que sé la respuesta, sólo en la poesía puedo encontrar un camino.

La vida te arroja múltiples preguntas que cada día resuenan como un aguijón incesante en el oído. Por eso, “¿cuándo sabré mi destino?”, ¿qué es la vida?, “¿quién soy? o “¿por qué existo?” son preguntas que desde luego tienen respuesta; no obstante, un poeta, cualquier humano, un contador, el ingeniero, el maestro, etc., alguna vez se ha hecho y espera descifrar cual si fuera un postulado filosófico.

Podemos respondernos estas preguntas, pero ir bajo la superficie es lo que importa y, sin embargo, es lo más difícil. Ir más allá, indagar, prescindir del egoísmo y tener humildad para decir que somos seres efímeros, débiles y atiborrados de errores resulta terrible porque ahí vemos la flaqueza, aquello donde aterra asomarse. Pienso, en este sentido, que al no comprometernos con nosotros, la responsabilidad humana se erosiona, colisiona con los prejuicios y se evapora.

Creo, por el contrario, que ahondar en la conciencia a través de la poesía, la literatura y aquellas situaciones sensibles, como la espiritualidad, es lo más sano que podemos hacer para dejar un legado, una razón de nuestra existencia. Por este motivo, en los próximos párrafos te contaré lo que pienso.

Puedo decir que un impulso irracional me invade en las horas póstumas de la vigilia  y ahí, en esa mancha oscilante que son los sueños, comienza el vivir de la poesía. Primero una calaca morena hace de su forma un cacahuate en forma de luna. Después cobra sustancia y ya el rubor en sus mejillas semeja al badajo de una campana cuando a las seis de la tarde suena en el aleteo de las palomas. Como efecto, la poesía vuela, repta o nada, depende de su creador si le da pies, alas o aletas para que avance en el tiempo o detenerse, ser, pues está compuesta de palabras que viven, significan y andan, como Lázaro.

Así, de una palabra se forma otra y ella sueña a las demás. El poeta crea y recrea, ensaya y su obra no acaba nunca: pareciera que los poemas tienen tanta vida que se salen de los libros, pero al mismo tiempo la poesía no está en los libros, sino en la esencia de cada cosa.

Pero, ¿de qué sirve la poesía? Salvador Novo escribió:

“Es necesario decir las cosas que leo,

esas del corazón, de la mujer y del paisaje,

del amor fracasado y de la vida dolorosa.”

                                            (La poesía)

Sí, ¿de qué sirve la poesía? Tengo 34 años y me lo he preguntado varias veces: sé que en el mar existe la poesía (en la vastedad de su azur que llamea un cerillo de oro); tengo 34 años y veo en El Quijote una esperanza a través de León Felipe al decir que: “Es una paloma que lleva en el pico el último rayo amoroso de luz que queda ya sobre la tierra” (en Diálogo perdido); tengo 34 años y veo a Mr. Bones dibujando a Paul Auster en una nube. Y creo que en los ojos del relámpago hay un manantial de poemas aún por escribirse.

Pero, ¿sirve de algo?, ¿a quién le beneficia hablar del alma y abstraer? Hoy la poesía no sirve, está vejada, su función no tiene cabida en esta época, sólo es una memoria para los valientes que la defendemos del presente mundo y a quienes nos corresponde como tales, seguir a la vanguardia, a su apología.


Artículo publicado originalmente en la revista Diario Cultura.

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Literatura para dummies

Dummies

Cuando estudié en la UANL, en la Facultad de Filosofía y Letras, había en la biblioteca una sección de libros que decía “Literatura para dummies”.

Las estanterías y anaqueles que alojaban tales libros tenían títulos representativos de los grandes autores literarios del mundo (Rimbaud, Boudelaire, Allan Poe, Cervantes, Proust) y el objetivo era “hacer más fácil la lectura y el conocimiento”. En suma, para entender mejor qué escribió cada uno de ellos.

Consciente o inconscientemente, desde aquel momento comprendí que el conocimiento real debe aprehenderse a profundidad, no “por encimita”, situación que hoy está muy viva en los contextos laborales y educativos. Por este motivo, en continuas discusiones que he tenido desde hace años, tanto con colegas como conocidos, hay un tema constante: la calidad en la literatura y el aprendizaje.

Con el término “literatura” no me refiero exclusivamente a lo literario, sino a todo hecho en el cual se produce un texto, que se muestra en una revista, un panorámico, un libro, el periódico, blogs o un anuncio publicitario.

Con el internet, la vida cambió. Piénsese en las nimiedades: quienes trabajamos en la escritura aplicamos conocimiento al redactar, pero también oficio y responsabilidad. De hecho, el internet vino a dar “voz” a escritores que pugnamos por la independencia y vemos un espacio muy próspero en los medios digitales; sin embargo, es necesario pensar lo que se escribe y reescribir lo que se piensa. ¿Por qué? La producción de textos actual es tan vasta que el material de lectura es inmenso y el tiempo corto. Un ejemplo claro ejemplo es el siguiente:

“… la compañía de Jeff Bezos (Amazon) logró crecer su catálogo de libros en español de 70 mil a 95 mil libros digitales de más de 150 editoriales de habla hispana, reportó El Economista.”¹

Oportunidades de leer y publicar hay muchísimas, pero ¿qué tan valioso es esto? Desde luego, amerita un debate profundo en donde se analicen las ventajas y desventajas de un mundo global con lectores cada vez más efímeros y lecturas exprés.

Así como existe Amazon, hay otros sitios digitales que permiten exponer a autores independientes sus libros. Estar en el aparador virtual junto a García Márquez, Miguel de Cervantes o Patrick Modiano suena halagador, pero esto… ¿qué significa?, ¿apertura?, ¿cambio positivo?, ¿esperanza?, ¿globalización ingenua?, ¿que quienes logran publicar así producen literatura?, ¿o escriben literatura para dummys?

Ahora bien, las empresas necesitan lectores que sepan sus actividades, quiénes son, qué hacen, qué servicio ofrecen, por lo cual requieren escritores (hoy nos llaman “redactores” o “copys”) que hagan el trabajo. ¿Qué efectos tiene este acontecimiento? Observo dos: 1) Mayor demanda laboral en el sector; y 2) Menor oferta económica en la remuneración. Para validar lo anterior, es nuestra responsabilidad como escritores hacer creíble nuestro trabajo y conocimiento, que nuestras actividades no son “por amor al arte” sino por un oficio, un compromiso y una necesidad de escritura. Es, en este sentido, en donde las casas culturales, editoriales y empresas deben hacer ojo clínico, reflexionar la importancia en la producción de textos y optar por ofrecer un mejor servicio de comunicación a su mercado.

Por otra parte, la extensa pero sobrevalorada realidad de la literatura contemporánea tiene riesgos tanto para los autores como los lectores. El primero de ellos reside en la calidad de los textos; el segundo, en la recepción que los lectores hacen de un texto. Optimista o no, la realidad es que los dos hechos no se apoyan en un soporte que permita brindar la posibilidad de un debate poderoso y directo, el cual, pienso, antiguamente era posible en los cafés a través de la bohemia y en las universidades, que son cada vez más carentes de diálogo, apertura y verdadera construcción intelectual.

Ahora son las redes sociales, sobre todo Facebook y LinkedIn, las que se utilizan como plataforma para el debate; sin embargo, en este punto veo un quiebre y una fuga pseudointelectual. No se debate ni se dialoga, se critica, pero no se hace crítica. Entonces, hay un área de oportunidad aquí. Existen grupos y foros en donde, como usuario, puedes publicar artículos o comentarios, pero directamente no hay una interacción humana, un tête à tête, un mano a mano en el cual se transgredan los muros virtuales para refrendarlos en un coloquio real.

Enrique Vila-Matas, en su novela Bartleby y compañía, dice: “…un texto, si quiere tener validez, debe abrir nuevos caminos y tratar de decir lo que aún no se ha dicho”². En este sentido, el pensamiento proporciona bases para el debate y si los textos que se publican, ya sea de manera virtual o impresa, no proporcionan el jugo necesario, la sazón indispensable a la crítica, sucede que no hay una sacudida intelectual, aspecto fundamental en la sociedad actual.

Como lectores, más aún que como escritores, necesitamos leer textos más auténticos cuyo valor abra nuevas oportunidades tanto para las instituciones educativas, culturales y sectores empresariales, los cuales deben estar atentos a los cambios sociales.


¹ Ver referencia en: http://www.reporteindigo.com/piensa/tecnologia/adaptarse-o-morir 

² Vila-Matas, Enrique. Bartleby y compañía. Ed. Seix Barral, 1984, pág. 35.

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El futuro está en el lenguaje, no en la Nube

Los sistemas informáticos en la Nube están más propensos a ser atacados por malware, troyanos, ransomware u otros tipos de virus maliciosos.

Antes de continuar, quiero hacer énfasis en lo siguiente: no es mi intención explicar qué es la Nube, sino las implicaciones que su uso tiene en el comportamiento de la vida moderna (desde un uso común como el que hace una persona con un móvil hasta sistemas sofisticados en donde el almacenamiento de datos es casi infinito, y en el cual las transacciones financieras funcionan a cada segundo).

Dicho lo anterior, primero hay que tener en cuenta la capacidad de adaptación que tenemos los seres humanos para apropiarnos de nuevas tecnologías y hacerlas parte de nuestra vida cotidiana, siendo cada vez más un hecho que una innovación.

Como tal, no debemos dejar a un lado que la tecnología por sí sola es un instrumento para la racionalización y la mejora de las actividades humanas. Por lo tanto, los sistemas informáticos más avanzados incluyen toda nuestra base de datos en la Nube, cada clic generado en un sitio web, alguna interacción hecha en redes sociales, algún ingreso de datos personales a través de un formulario, si se genera una interacción bancaria, incluso la descarga de una app a través del móvil, todo eso ya genera un registro que se condensa en la Nube, en la gran masa informativa.

Lo anterior, de manera ética no tiene precedente ni similar salvo las bibliotecas. Para hacer la analogía, una “biblioteca” es un registro de datos si lo vemos como un hecho frío, donde palabras que contienen significados y mensajes se acumulan en el gran corpus de la información. Dicho sea al paso, conviene mencionar en este artículo a Jorge Luis Borges, quien fue un visionario que, al modo de Philip K. Dick en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, imaginó un mundo alternativo en los cuentos “Tlon Uqbar Orbis Tertius” y “La Biblioteca de Babel”.

Es, precisamente, en este último cuento en donde el escritor argentino hace una descripción –adelantada, sí, a lo que hoy son los sistemas informáticos. Cito: “El universo (que otros llaman Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales.”¹

La red, mejor conocido como internet, se compone de vastos territorios no físicos en los que la expansión de la realidad es virtual y el almacenamiento de información es infinito. Es así, pues, que no de la misma forma hexagonal que Borges idealizó sino a través de un macrocosmos, equivalente quizá al universo. En este sentido, si pensamos en cómo la vida humana será en el 2070, nuestra mente tal vez no lo imagina; sin embargo, aventurémonos a pensar en lo siguiente: el gran reto será detener el tiempo. ¿Será posible? Es posible y lo hemos hecho, incluso cada día. Viajamos a través del tiempo cuando caminamos, corremos, andamos en auto, etc. Al fotografiar algo, detenemos todo, los relojes, nuestra física, todo lo visible; no obstante, parar el tiempo es relacionarse con instancias mayores. Que no cuente, que no circule, que no compute. De eso se trata Él, porque el tiempo es energía, es Dios, es ser. De lo contrario, hay una paradoja: del reto que hablaba hace un momento,  no es posible salvo que se construya una máquina, nave o dispositivo que desarrolle la velocidad de 299.792 mil kilómetros por segundo, según lo establecido por Albert Einstein,  para viajar o detener el tiempo.

Sigamos imaginando…

Es la Nube, por lo tanto, un sistema de almacenaje de información que en algún momento determinado será obsoleto. Habrá otras invenciones… incluso el lenguaje será económico. De hecho, actualmente lo está siendo con las abstracciones conscientes que los usuarios de WhatsApp hacemos. Por ejemplo, en vez de escribir “Nos vemos a las diez p.m. en casa del pintor. Llevaremos vino, pan y queso filadelfia”, abreviamos lo siguiente:

10🌙🏡🕴🎨. Llevaremos 🍷🍞🧀

El primer mensaje contiene 85 caracteres y el segundo 20. Incluso, se puede reducir aún más. El objetivo final de escribir es siempre comunicar algo de manera gráfica o textual; no obstante, ¿adónde nos llevará esto?, ¿a simplificar las formas de comunicación? , ¿a ser más eficaces reduciendo nuestro tiempo? Pienso que esto es relativo y al generalizarlo incurriría en el error.  Ciertamente, es común que tal situación ya suceda en ámbitos laborales y profesionales, donde, en efecto –y a pesar de tener herramientas tecnológicas para hacer comunicación efectiva-, no logramos hacerlo de manera correcta, surgen malentendidos, fallas por una lectura de los mensajes errónea, y hasta no saber usar el lenguaje escrito al redactarlo con una ortografía y gramática cada vez más chambona.

¿Adónde vamos a llegar? ¿A usar un lenguaje más proclive a la reducción de fonemas? ¿A todo ponerlo en la Nube y estar en la nube todo el tiempo?

Necesitamos como humanos pensar más que en la forma, en el fondo, así seremos más capaces, menos efímeros y con un mayor grado de sensatez al desarrollar una labor. En suma, al hacer un mejor uso de la información, ya sea en la Nube, en el tiempo o en la vida misma.


Referencia bibliográfica

¹ Borges, Jorge Luis. “La Biblioteca de Babel”, Ficciones. Ed. Alianza, 1944, Madrid, Tercera reimpresión: 1999, pág. 86

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La publicidad, el gran palimpsesto de las ciudades

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“Todo texto es un palimpsesto”, ha dicho Gerard Genette en su ya famoso libro Palimpsests, y se refiere a cada texto producido en la realidad y que proviene de otro.

Para aclararlo más, se trata de la hipertextualidad (ejemplos: Pierre Menard, autor del Quijote, La Eneida, Ulises o Bartebly y compañía) como una forma de enunciar textualmente algo y representarlo de forma diferente a cualquier hecho antedecedente. Pero, ¿cómo entra en este concepto del lenguaje y el discurso la publicidad? Tenemos un concepto negativo acerca de tal disciplina, que se ha ganado a pulso por ser invasiva en relación al bombardeo informativo tanto en medios tradicionales como en los digitales; sin embargo, no toda la publicidad infringe la ética.

Respecto a lo anterior, la publicidad -en el tema de la comunicación- en cada unos de sus significantes, tiene como principio mostrar una idea para que los posibles consumidores se interesen en un producto o servicio, y es en el mensaje en donde el lenguaje y el mensaje –ya sea textual o gráfico- es lo más importante, finalmente lo que impactará en la decisión de compra.

Don Draper, el famoso personaje de la multipremiada serie Mad Men, lo explica así:

“La publicidad se basa en una cosa, la felicidad. Y, ¿sabes lo que es la felicidad? La felicidad es el olor de un coche nuevo. Es ser libre de las ataduras del miedo. Es una cartelera en un lado de la carretera que te dice que lo que estás haciendo lo estás haciendo bien”[1].

¿Por qué palimpsesto? De entrada, la expresión es extraña pero tiene mucho de interesante. La publicidad se ayuda de símbolos, contextos, historias, situaciones, emociones, necesidades personales y, sobre todo, “cómo me vería yo teniendo esto”, “comiendo naturalmente, estoy bien”, “quiero verme como ella”, “necesito tener más”, etc. Podría citar muchos ejemplos, mas el caso es analizar qué tanto el decir algo es significativo para la gran masa, sobre todo si el hacer propaganda nutre a la cultura pop. En esto último, por supuesto. La publicidad ha nutrido notablemente, mucho más desde mediados del siglo XX hacia esta época, el corpus cultural a través de los medios de comunicación.

La música, la televisión y el cine, sobre todo éste último, han sido los grandes medios publicitarios que han llegado a nosotros, haciendo eco y causando que el objetivo principal de cada marca que hace publicidad cumpla su propósito: el consumo.

Ahora bien, las redes sociales han intervenido en la masificación de la publicidad. Google y Facebook han visionado que el mundo es un hipertexto que las mismas personas han construido con sus mensajes, publicaciones, búsquedas en las plataformas virtuales, tejiendo redes de comunicaciones, creando interconexiones y en donde la configuración de cada acción hecha en estas dos herramientas –incluyendo WhatsApp e Instagram- es una oportunidad para la construcción de una infinita base de datos, con los que se pueda hacer publicidad a través de intereses, temas y “keywords”.

En una comparativa, utilicé en Google Trends dos términos de búsqueda (coca y hamburguesas) ya muy posicionados en el imaginario colectivo. En la tabla, se nota la cantidad de búsquedas en miles, lo que representa la importancia de dicho posicionamiento, además de la voluntad con la cual las personas tienen al saber algo relacionado a estos dos temas.

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El palimpsesto, entonces, es representado en la publicidad por aquellas circunstancias que prevalecen en la mente de las personas a través de imágenes, experiencias, situaciones y emociones. La publicidad, y sus mensajes, mueven mucho más que cualquier experiencia de vida en relación a consumismo, ya sea en términos positivos o negativos, porque la comunicación se orienta a la parte del cerebro más primitiva, aquella que busca más la necesidad que las ideas. Por tal motivo, es el vehículo por el cual las grandes corporaciones, organizaciones y los gobiernos buscan “emocionar” a las personas comunicando ideología con el uso de símbolos, imágenes y textos que seducen a la parte inconsiciente del humano.


[1] Cfr.: En el original: “Advertising is based on one thing: happiness. And do you know what happiness is? Happiness is the smell of a new car. It’s freedom from fear. It’s a billboard on the side of a road that screams with reassurance that whatever you’re doing is OK. You are OK”. Temporada 1, episidio 1: “Smoke Gets in Your Eyes” (On air: 19 de julio de 2007)
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Los micro-momentos: una aproximación a la realidad virtual

micro-momentos

Toda búsqueda implica un deseo de saber, lo que se traduce como una curiosidad natural de las personas y un interés por obtener información de la realidad. 

En una sociedad bastante inmersa en los medios digitales y a la expectativa de noticias que van desde el morbo hasta lo grotesco, la realidad en la que vivimos se condensa desde lo virtual a lo físico, impactando sobremanera en las emociones del inconsciente colectivo.

Particularmente, los hechos que se muestran en las redes sociales parten de circunstancias azarosas, predeterminadas y cuya magnitud en ocasiones alcanza lo universal. Por citar dos ejemplos: cuando Donald Trump asumió la presidencia de los Estados Unidos, tanto los medios de comunicación tradicionales (prensa de televisión, radio) como los nuevos (social media), transmitían, retransmitían y reproducían gran multiplicidad de contenidos en relación al tema. Desde luego, del porcentaje de información, sólo una parte tiene validez intelectual, respaldada con hechos sustentados.

El segundo ejemplo ha sucedido ayer 21 de agosto y se remite básicamente al fenómeno natural del eclipse lunar. Desde una semana antes, tanto noticieros nacionales como locales, así como usuarios de redes sociales, comenzaron con la reproducción de contenidos. El auge se dio ayer, según lo muestran las estadísticas de Google Trends.

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¿Qué manifiestan estos datos? Que las personas cada día buscan más información, pero la calidad con la cual se sustenta se pone en duda. Y aquí hay una premisa importante: sea este acontecimiento u otro, es la rapidez con que el algoritmo mental de los humanos está cambiando sustancialmente al querer velocidad en los resultados en pos de un conocimiento a profundidad.

¿Trending topic u ocio snob?, ¿hechos circunstanciales o noticias efímeras? Cualquiera de tales razones es posible; sin embargo, cada vez se nota más que, incluso en WhatsApp, la invasión a la privacidad, la reproducción viral de noticias y el deseo de “mimetizar” las conductas irreverentes, a través de memes, en relación a figuras públicas es atroz, porque vivimos en la época de la ausencia mental más que de la “conectividad”.

Ciertamente, cada día hay más “big data”, pero a cada segundo se marchita la privacidad. Sí, más información, menos reflexión. ¿Te has preguntado, al menos en los últimos cinco años, cuándo apagaste tu móvil por algunos días? Yo, en lo particular, procuro hacerlo durante los fines de semana como una medida de sanación, descanso y dedicación al tiempo personal; no obstante, es prácticamente un reto despegarse cuando la gran mayoría hace uso de la red, las telecomunicaciones y la Nube. En otros términos, cuando alguien se quiere comunicar contigo, ya no te habla, “te manda un what”.

Lo anterior representa sólo una muestra de las acciones cotidianas, ya sea en la vida personal o el trabajo, en donde los medios de comunicación modernos impactan en los humanos. Entonces, ¿qué sucede si queremos encontrar un equilibrio que permita la no invasión a la privacidad, a aceptar que hoy la comunicación es instantánea, siendo respetuosos en los tiempos del otro, y en donde la publicidad, junto al marketing, son hechos cada día más constantes?

Precisamente, el día de ayer veía una serie de nombre Colony, en la cual hay un hecho que rige toda la trama: unos extraterrrestres llegan a la tierra para “colonizar” y aplican un gobierno centralista, en donde un alcalde humano es asignado para regir a los ciudadanos. Como buen argumento distópico, en la historia hay una “Resistencia” que pelea por la libertad, combate la opresión y exige mejores condiciones de vida. A la par, los seres alienígenas jamás son vistos, no aparecen en cuadro (lo cual es un acierto) y su gobierno se hace a través de designaciones, como el alcalde antes mencionado, para sentar obligaciones gubernamentales.

Lo trascendente en la trama es que la Resistencia tiene un líder, que se hace llamar “Gerónimo” y comunica sus panfletos idealistas a través de comunicados de radio y pósters. Con el tiempo, las personas se identifican con este ser que lucha por los derechos y la justicia; sin embargo, dicho ser es producto de la propaganda y el marketing.

Como vemos, la publicidad no solamente se remite al envío de mensajes que provoquen la necesidad de consumo, sino a fomentar ideologías, cimentar actitudes y ocasionar acciones humanas.

 

 

 

 

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¿Te atreves a escribir? Piénsalo dos veces si eres un snob

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“…porque el verdadero artista
es el que se esclaviza a las más fuertes disciplinas,
para dominarlas e ir sacando de la necesidad virtud”
(Alfonso Reyes: La experiencia literaria, pp. 89)

En este instante pienso en las personas que hacen de su trabajo un fortín de habilidades y una forja de su destino mediante la disciplina, el esfuerzo y la dedicación; sin embargo, este comentario inicial sólo es una observación simple porque sé que en el fondo el último en conocer su vocación es uno mismo. Si tan sólo despertáramos a la conciencia de saber quiénes somos y qué deseamos, nuestro contexto tendría más gente capaz de desear un cambio, mayores propuestas para iniciativas socioculturales y científicos generosos con sus trabajos en beneficio de todos. Repito, “si tan sólo despertáramos a la conciencia…”.

Ahora que lo social importa más que el humanismo (situación dirigida por el establishment), la necesidad de reconocerse en el otro es menor porque buscamos el reconocimiento de quienes sabemos nos lustran el zapato. Yo opino totalmente lo contrario, pienso que el cambio lo haremos desde la visión personal que tenemos de las cosas –y eso implica un esfuerzo grandísimo para desbaratar los prejuicios, deconstruir el pensamiento y reinventarse como humano– y no caer en la eterna cantaleta de la queja hacia el sistema, un recurso común a falta de métodos argumentativos que se sustenten con validez.

También señalo algo que considero importante para quienes escribimos literatura. A través del tiempo, he visto cómo hay una queja enorme hacia quienes reparten el presupuesto en el rubro de cultura estatal y nacional. Después del acostumbrado cacareo y los sonidos grilleros, sale a flote algo que merece la pena decir: las becas culturales. ¿Qué esto? Para quien no lo sabe –y nótese, tampoco es obligación saberlo– las becas son un estímulo a la “creación artística”, lo cual es muy válido porque es un apoyo para el que desea trabajar en un proyecto sociocultural; sin embargo, esto no es el problema. Éste aparece cuando la queja se vuelve endémica y hay una culpa directa hacia un sistema ya caduco (mundo aparte con personas que se rigen por intereses propios y creados). Pienso, en este sentido, que no debemos tirar la piedra antes de tiempo ni aunque sepamos de quién se trata. El problema es que en México estamos acostumbrados a eso, a la grilla, en lugar de hacer nuestro trabajo como escritores y autogestionar la creación. Por eso, ¿te atreves a escribir? Comprométete, sino piénsalo dos veces si eres un snob.

Si no tienes medios que te apoyen, sé tú el medio. Si te quejas del establishment porque no concede becas a quienes “las merecemos”, inventa tu sistema de autogestión. Buscar culpables es muy fácil, excusarse porque no eres reconocido por un sistema cultural de gobierno tampoco tiene sentido. La literatura es un asunto superior, ajeno a los intereses personales. Precisamente, mala costumbre, todo queremos fácil. No batallar ni gozar de nuestro trabajo es digno sólo de quien no ve más allá de sus ojos. Mi propuesta, porque en lo personal no doy comentario sin solución, es la autogestión sumada al trabajo con oficio de la profesión que se tenga. La mía, sin duda, es por vocación, no por profesión.

Ahora bien, como mi propósito de trabajo es la creación literaria, la tarea que tengo es hacer, fabricar mi literatura. Un método es el ejercicio de la imaginación. Alfonso Reyes es ejemplo evidente, ver cita del epígrafe, con su desempeño como escritor. De manera ingrata en México es poco leído por ser considerado como un escritor de casta, no de raza.

Pero recordemos que escribir no es sólo un acto que se remite a las cosas que nos suceden o situaciones que pasan en nuestro contexto, sino también la escritura puede empaparse de imaginación. Yo pugno por ésta última, sin descuidar los elementos que se puedan aprovechar de la realidad, ya sea de experiencias propias o ajenas. Hasta ahí esto tiene sentido si entendemos que la literatura es ficción, pues, por más que se desee, la realidad jamás será una calca; función aparte, dicho sea esto, es pensar que la imaginación puede otorgarnos vivir una realidad alternativa y es ahí, precisamente, cuando entra el concepto de verosimilitud (hacer que lo que se escribe sea creíble).

También en nuestro país se tiene por costumbre que sólo trabajamos de lo que estudiamos y eso no lo veo del todo positivo, salvaguardando profesiones como la de médico, dentista u otras. La defensa común es “yo no trabajo sino de lo que estudié”. Creo, en este modo, que así la educación fomenta las especialidades y no la apertura personal hacia otras labores. En mi caso, ser escritor es estar comprometido con una postura y con un oficio. Escribir cada día pareciera utópico en este mundo contemporáneo, pero siempre hay tiempo para ahondar en las concavidades de la escritura.

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El sonido barbárico de Thomas Wolfe

genius

“William Faulkner no sólo consideró a Thomas Wolfe el mejor escritor de su generación, sino el mejor fracaso de la narrativa norteamericana de aquellos primeros compases del siglo XX.”

Así comienza una nota publicada en el periódico El Mundo, de España, y se refiere al gran escritor norteamericano que murió a poco antes de cumplir 38 años el 15 de septiembre de 1938. Lo anterior es ya un incentivo para quienes somos amantes de las letras, pero llama la atención que Faulkner lo tilde como “el mejor fracaso”. Veamos por qué.

Es muy común que el Séptimo Arte sea el parámetro y la referencia para dar a conocer al público masivo a cierto escritor, pintor o personalidad. No por este motivo, vamos a tenerlo como una mala referencia, de vez en cuando hay gemas que no pueden ocultar su luz. En esta ocasión, hablaré de la película Genius (Pasión por las letras, 2016, subtitulada en México), del director Michael Grandage.

La historia abarca las décadas 20 y 30 en los Estados Unidos, la ciudad de Baltimore es el escenario. La Gran Depresión es un síntoma de la decadencia que la primera Gran Guerra ha dejado en la economía y la sociedad padece sus estragos, pero en ciertas circunstancias de desgracia aparecen seres que no pueden ocultar su destino y se empeñan hasta lograr sus objetivos por muy adversos que sean.

Hay varias escenas que en lo particular me causaron bastante conmoción, mismas que citaré conforme transcurre el presente artículo. La primera de ellas es al principio: Thomas Wolfe, interpretado con maestría por Jude Law, ve una imagen que hace referencia a un lugar en el que se publican libros. Cuando la observa, sus pies golpetean -retratados bellamente mientras las gotas de lluvia impactan el suelo- como un martillo la banqueta como un síntoma de ansiedad y ganas por comerse al mundo por muy desgraciado que sea.

La historia tiene puntos álgidos y subterráneos, pero no desentona. La actuación de Colin Firth da un toque de nostalgia, paciencia y sabiduría. Funciona como un catalizador respecto a la figura enérgica de Wolfe. Mientras éste busca en las profundas miasmas de la conciencia a la poesía y todas sus manifestaciones a través de la vida,  aquel es la figura paterna que el poeta careció.

Hay otra escena maravillosa. El editor Maxwell Perkins viaja en el tren rumbo al trabajo. La víspera -día en que conoció a Wolfe- comenzó a leer con extensa atención la novela El ángel que nos mira (1929), la cual en un principio no tenía ese nombre. El primer pasaje es leído bellamente en voice off y anticipa belleza como profundidad en la historia.

Con una voz suave, dice (en su traducción):

…una piedra, una hoja, una puerta ignota; de una piedra, una hoja, una puerta. Y de todas las caras olvidadas.

Desnudos y solos llegamos al desierto. En su oscuro seno, no conocimos el rostro de nuestra madre; desde la prisión de su carne, vinimos a la prisión indecible e inexplicable de este mundo.

¿Quién de nosotros conoció a su hermano? ¿Quién de nosotros observó el corazón de su padre? ¿Quién de nosotros no estuvo siempre prisionero? ¿Quién de nosotros no será siempre un extranjero solitario?

 

La escritura de Wolfe es manifiesta belleza y observación en un orden poético, pero es singularmente la pasión, el sufrimiento, el que aborda con mayor profundidad. Lo anterior se acentuó al conocer a Aline Bernstein, mujer mayor, dominante y posesiva que, sin embargo, arropó al escritor en cada momento. La interpretación de Nicole Kidman es, en cierta medida, puntual. No va más allá de las exigencias y cumple.

Pero lo que más ha llamado mi atención en esta historia es la energía poética de Wolfe. Al ver este film, un texto de Walt Whitman vino a mi mente como una paloma mensajera proveniente de aguas turbias: se trata del poema LII de Canto a mí mismo. Los versos dicen: “Yo también soy indomable e intraducible, / y sobre los tejados del mundo, suelto mi graznido salvaje.”  En su idioma original, barbaric yawp resulta intraducible por el vocablo “yawp” y en lo particular esto es lo que pienso de Wolfe: un escritor debe a la fuerza del lenguaje su naturaleza literaria. Así, pues, ese graznido bárbaro es lo que grita, porque lo más íntimo e indeseable en las historias es la honestidad con la cual se cuenta.

Hay otra escena fundamental. Es quizá la cumbre en cuanto a significado para los dos protagonistas: cuando llega Wolfe de París, Max Perkins lo recibe en el puerto y se alegran por verse. Luego de eso, Wolfe sugiere a su amigo que vayan a un sitio muy especial para él. Llegan a un edificio viejo, pero antes pasan por un hospicio para mendicantes. El escritor ve a cada uno de ellos en la miseria y esto le puede mucho. En la siguiente escena Wolfe le pregunta a su amigo, parafraseo, si escribir tiene sentido porque se cuestiona si para los indigentes y desamparados la literatura tiene un sentido verdadero. Entonces, Max Perkins responde que sí, pues el legado de un escritor reside en las palabras que pueda otorgarle al mundo a través de un mensaje auténtico.

 

Cápsulas

  • La película está basada en el libro Max Perkins: Editor of Genius, de A. Scott Berg
  • Thomas Wolfe es considerado un escritor de la talla de Ernest Hemingway y F. Scott Fitzgerald, pero no tuvo el remombre de éstos por haber fallecido joven

 

Cfr.: El Mundo. Antonio Lucas. Nota publicada: http://www.elmundo.es/cultura/2014/07/07/53b9983122601df21c8b4581.html

En su idioma original: “I too am not a bit tamed—I too am untranslatable;I sound my barbaric yawp over the roofs of the world.”

 

 

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La importancia de escribir

escribir

En la novela A salto de mata, el escritor Paul Auster escribió:

“El escritor no <<elige una profesión>>, como el que se hace médico o policía. No se trata de escoger como de ser escogido, y una vez que se acepta el hecho de que no se vale para otra cosa, hay que estar preparado para recorrer un largo y penoso camino durante el resto de la vida. A menos que se resulte ser un elegido de los dioses (y pobre de quien cuente con ello), con escribir no se gana uno la vida, y si se quiere tener un techo sobre la cabeza y no morirse de hambre, habrá que resignarse a hacer otra cosa para pagar los recibos”.

Al respecto, he reflexionado acerca de la percepción que existe del “escritor”, palabra que en la actualidad es peligrosa (no tanto por su significado, que antaño se ganó el sinónimo de “inteligencia”) porque su contenido ha tornado a otras instancias que van más con la bohemia y el escándalo, con los llamados “bloggeros”, redactores de agencias publicitarias, que realmente con el trabajo oficial de escribir.

Comenta el escritor neoyorquino que el escritor no “elige”, sino que su trabajo es “recorrer un largo y penoso camino”. Además de lo anterior, agrego que a pesar de los inconvenientes, el escritor debe prepararse y tener una responsabilidad con su escritura, con su contexto. Él no vive en una torre de marfil. El verdadero escritor se compromete con su trabajo; no es precisamente redactor de “domingos”.

Actualmente la escritura es un terreno amplio en donde las posibilidades laborales son más palpables que antaño. Hay agencias de publicidad que solicitan “redactores”, “copys”, “community managers” y blogueros; sin embargo, en mi experiencia puedo decir escribir no se trata de soltar la pluma esperando “que la inspiración me llegue”, no, de ninguna forma: escribir requiere tiempo, dedicación y conocimiento. Con lo anterior no quiero afirmar que la inspiración no existe, sino que se necesita talento, incluso emoción para hacerlo.

Ahora bien, cuando el amplio territorio de la escritura se abre, dejan de existir brechas, que precisamente son ocasionadas por una falsa percepción. Yo me he llegado a preguntar: “¿Tiene sentido escribir?”, “¿para quién escribo?”, “¿por qué escribo?”, “¿para qué escribo?”, “¿realmente vale la pena?”. Si alguien me pregunta si tiene mérito, le respondo que sí, para empezar con uno mismo.

Hoy el camino de la ficción literaria y la escritura realista parecen tomar un papel importante (desde lo personal).

Escritor no es solamente hacer diligencia de funcionario público para una institución de gobierno. Tampoco es acudir a tertulias que finalmente son parte de una farándula literaria cada vez más rancia. Pienso que el primer compromiso del escritor es, como su nombre lo indica en origen, escribir. ¿Los temas? Esos los definirá él/ella y el estilo se irá cuajando con el tiempo, de modo que entre en sazón con los diferentes condimentos que agregue.

Aunque, lo confieso, se tiene una percepción errónea de quien escribe. En última instancia, el escritor no cambia al mundo, sólo contribuye en crear nuevas formas en el lenguaje, variaciones en los temas, aporta historias, crea imágenes, inventa sueños, recrea sensaciones a través de una memoria fragmentada en signos. También construye su estilo, la voz que lo distinguirá de otros narradores o poetas.

Por último, el escritor sólo tiene una herramienta para hacer su trabajo: el lenguaje. Y una cualidad, a mi juicio: la paciencia. En suma, importa tener especial cuidado en tildarse “escritor” por fama o nombrarse escritor por necesidad y vocación. Me inclino, por supuesto, por ellas.

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