El futuro está en el lenguaje, no en la Nube

Los sistemas informáticos en la Nube están más propensos a ser atacados por malware, troyanos, ransomware u otros tipos de virus maliciosos.

Antes de continuar, quiero hacer énfasis en lo siguiente: no es mi intención explicar qué es la Nube, sino las implicaciones que su uso tiene en el comportamiento de la vida moderna (desde un uso común como el que hace una persona con un móvil hasta sistemas sofisticados en donde el almacenamiento de datos es casi infinito, y en el cual las transacciones financieras funcionan a cada segundo).

Dicho lo anterior, primero hay que tener en cuenta la capacidad de adaptación que tenemos los seres humanos para apropiarnos de nuevas tecnologías y hacerlas parte de nuestra vida cotidiana, siendo cada vez más un hecho que una innovación.

Como tal, no debemos dejar a un lado que la tecnología por sí sola es un instrumento para la racionalización y la mejora de las actividades humanas. Por lo tanto, los sistemas informáticos más avanzados incluyen toda nuestra base de datos en la Nube, cada clic generado en un sitio web, alguna interacción hecha en redes sociales, algún ingreso de datos personales a través de un formulario, si se genera una interacción bancaria, incluso la descarga de una app a través del móvil, todo eso ya genera un registro que se condensa en la Nube, en la gran masa informativa.

Lo anterior, de manera ética no tiene precedente ni similar salvo las bibliotecas. Para hacer la analogía, una “biblioteca” es un registro de datos si lo vemos como un hecho frío, donde palabras que contienen significados y mensajes se acumulan en el gran corpus de la información. Dicho sea al paso, conviene mencionar en este artículo a Jorge Luis Borges, quien fue un visionario que, al modo de Philip K. Dick en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, imaginó un mundo alternativo en los cuentos “Tlon Uqbar Orbis Tertius” y “La Biblioteca de Babel”.

Es, precisamente, en este último cuento en donde el escritor argentino hace una descripción –adelantada, sí, a lo que hoy son los sistemas informáticos. Cito: “El universo (que otros llaman Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales.”¹

La red, mejor conocido como internet, se compone de vastos territorios no físicos en los que la expansión de la realidad es virtual y el almacenamiento de información es infinito. Es así, pues, que no de la misma forma hexagonal que Borges idealizó sino a través de un macrocosmos, equivalente quizá al universo. En este sentido, si pensamos en cómo la vida humana será en el 2070, nuestra mente tal vez no lo imagina; sin embargo, aventurémonos a pensar en lo siguiente: el gran reto será detener el tiempo. ¿Será posible? Es posible y lo hemos hecho, incluso cada día. Viajamos a través del tiempo cuando caminamos, corremos, andamos en auto, etc. Al fotografiar algo, detenemos todo, los relojes, nuestra física, todo lo visible; no obstante, parar el tiempo es relacionarse con instancias mayores. Que no cuente, que no circule, que no compute. De eso se trata Él, porque el tiempo es energía, es Dios, es ser. De lo contrario, hay una paradoja: del reto que hablaba hace un momento,  no es posible salvo que se construya una máquina, nave o dispositivo que desarrolle la velocidad de 299.792 mil kilómetros por segundo, según lo establecido por Albert Einstein,  para viajar o detener el tiempo.

Sigamos imaginando…

Es la Nube, por lo tanto, un sistema de almacenaje de información que en algún momento determinado será obsoleto. Habrá otras invenciones… incluso el lenguaje será económico. De hecho, actualmente lo está siendo con las abstracciones conscientes que los usuarios de WhatsApp hacemos. Por ejemplo, en vez de escribir “Nos vemos a las diez p.m. en casa del pintor. Llevaremos vino, pan y queso filadelfia”, abreviamos lo siguiente:

10🌙🏡🕴🎨. Llevaremos 🍷🍞🧀

El primer mensaje contiene 85 caracteres y el segundo 20. Incluso, se puede reducir aún más. El objetivo final de escribir es siempre comunicar algo de manera gráfica o textual; no obstante, ¿adónde nos llevará esto?, ¿a simplificar las formas de comunicación? , ¿a ser más eficaces reduciendo nuestro tiempo? Pienso que esto es relativo y al generalizarlo incurriría en el error.  Ciertamente, es común que tal situación ya suceda en ámbitos laborales y profesionales, donde, en efecto –y a pesar de tener herramientas tecnológicas para hacer comunicación efectiva-, no logramos hacerlo de manera correcta, surgen malentendidos, fallas por una lectura de los mensajes errónea, y hasta no saber usar el lenguaje escrito al redactarlo con una ortografía y gramática cada vez más chambona.

¿Adónde vamos a llegar? ¿A usar un lenguaje más proclive a la reducción de fonemas? ¿A todo ponerlo en la Nube y estar en la nube todo el tiempo?

Necesitamos como humanos pensar más que en la forma, en el fondo, así seremos más capaces, menos efímeros y con un mayor grado de sensatez al desarrollar una labor. En suma, al hacer un mejor uso de la información, ya sea en la Nube, en el tiempo o en la vida misma.


Referencia bibliográfica

¹ Borges, Jorge Luis. “La Biblioteca de Babel”, Ficciones. Ed. Alianza, 1944, Madrid, Tercera reimpresión: 1999, pág. 86

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La publicidad, el gran palimpsesto de las ciudades

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“Todo texto es un palimpsesto”, ha dicho Gerard Genette en su ya famoso libro Palimpsests, y se refiere a cada texto producido en la realidad y que proviene de otro.

Para aclararlo más, se trata de la hipertextualidad (ejemplos: Pierre Menard, autor del Quijote, La Eneida, Ulises o Bartebly y compañía) como una forma de enunciar textualmente algo y representarlo de forma diferente a cualquier hecho antedecedente. Pero, ¿cómo entra en este concepto del lenguaje y el discurso la publicidad? Tenemos un concepto negativo acerca de tal disciplina, que se ha ganado a pulso por ser invasiva en relación al bombardeo informativo tanto en medios tradicionales como en los digitales; sin embargo, no toda la publicidad infringe la ética.

Respecto a lo anterior, la publicidad -en el tema de la comunicación- en cada unos de sus significantes, tiene como principio mostrar una idea para que los posibles consumidores se interesen en un producto o servicio, y es en el mensaje en donde el lenguaje y el mensaje –ya sea textual o gráfico- es lo más importante, finalmente lo que impactará en la decisión de compra.

Don Draper, el famoso personaje de la multipremiada serie Mad Men, lo explica así:

“La publicidad se basa en una cosa, la felicidad. Y, ¿sabes lo que es la felicidad? La felicidad es el olor de un coche nuevo. Es ser libre de las ataduras del miedo. Es una cartelera en un lado de la carretera que te dice que lo que estás haciendo lo estás haciendo bien”[1].

¿Por qué palimpsesto? De entrada, la expresión es extraña pero tiene mucho de interesante. La publicidad se ayuda de símbolos, contextos, historias, situaciones, emociones, necesidades personales y, sobre todo, “cómo me vería yo teniendo esto”, “comiendo naturalmente, estoy bien”, “quiero verme como ella”, “necesito tener más”, etc. Podría citar muchos ejemplos, mas el caso es analizar qué tanto el decir algo es significativo para la gran masa, sobre todo si el hacer propaganda nutre a la cultura pop. En esto último, por supuesto. La publicidad ha nutrido notablemente, mucho más desde mediados del siglo XX hacia esta época, el corpus cultural a través de los medios de comunicación.

La música, la televisión y el cine, sobre todo éste último, han sido los grandes medios publicitarios que han llegado a nosotros, haciendo eco y causando que el objetivo principal de cada marca que hace publicidad cumpla su propósito: el consumo.

Ahora bien, las redes sociales han intervenido en la masificación de la publicidad. Google y Facebook han visionado que el mundo es un hipertexto que las mismas personas han construido con sus mensajes, publicaciones, búsquedas en las plataformas virtuales, tejiendo redes de comunicaciones, creando interconexiones y en donde la configuración de cada acción hecha en estas dos herramientas –incluyendo WhatsApp e Instagram- es una oportunidad para la construcción de una infinita base de datos, con los que se pueda hacer publicidad a través de intereses, temas y “keywords”.

En una comparativa, utilicé en Google Trends dos términos de búsqueda (coca y hamburguesas) ya muy posicionados en el imaginario colectivo. En la tabla, se nota la cantidad de búsquedas en miles, lo que representa la importancia de dicho posicionamiento, además de la voluntad con la cual las personas tienen al saber algo relacionado a estos dos temas.

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El palimpsesto, entonces, es representado en la publicidad por aquellas circunstancias que prevalecen en la mente de las personas a través de imágenes, experiencias, situaciones y emociones. La publicidad, y sus mensajes, mueven mucho más que cualquier experiencia de vida en relación a consumismo, ya sea en términos positivos o negativos, porque la comunicación se orienta a la parte del cerebro más primitiva, aquella que busca más la necesidad que las ideas. Por tal motivo, es el vehículo por el cual las grandes corporaciones, organizaciones y los gobiernos buscan “emocionar” a las personas comunicando ideología con el uso de símbolos, imágenes y textos que seducen a la parte inconsiciente del humano.


[1] Cfr.: En el original: “Advertising is based on one thing: happiness. And do you know what happiness is? Happiness is the smell of a new car. It’s freedom from fear. It’s a billboard on the side of a road that screams with reassurance that whatever you’re doing is OK. You are OK”. Temporada 1, episidio 1: “Smoke Gets in Your Eyes” (On air: 19 de julio de 2007)
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Los micro-momentos: una aproximación a la realidad virtual

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Toda búsqueda implica un deseo de saber, lo que se traduce como una curiosidad natural de las personas y un interés por obtener información de la realidad. 

En una sociedad bastante inmersa en los medios digitales y a la expectativa de noticias que van desde el morbo hasta lo grotesco, la realidad en la que vivimos se condensa desde lo virtual a lo físico, impactando sobremanera en las emociones del inconsciente colectivo.

Particularmente, los hechos que se muestran en las redes sociales parten de circunstancias azarosas, predeterminadas y cuya magnitud en ocasiones alcanza lo universal. Por citar dos ejemplos: cuando Donald Trump asumió la presidencia de los Estados Unidos, tanto los medios de comunicación tradicionales (prensa de televisión, radio) como los nuevos (social media), transmitían, retransmitían y reproducían gran multiplicidad de contenidos en relación al tema. Desde luego, del porcentaje de información, sólo una parte tiene validez intelectual, respaldada con hechos sustentados.

El segundo ejemplo ha sucedido ayer 21 de agosto y se remite básicamente al fenómeno natural del eclipse lunar. Desde una semana antes, tanto noticieros nacionales como locales, así como usuarios de redes sociales, comenzaron con la reproducción de contenidos. El auge se dio ayer, según lo muestran las estadísticas de Google Trends.

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¿Qué manifiestan estos datos? Que las personas cada día buscan más información, pero la calidad con la cual se sustenta se pone en duda. Y aquí hay una premisa importante: sea este acontecimiento u otro, es la rapidez con que el algoritmo mental de los humanos está cambiando sustancialmente al querer velocidad en los resultados en pos de un conocimiento a profundidad.

¿Trending topic u ocio snob?, ¿hechos circunstanciales o noticias efímeras? Cualquiera de tales razones es posible; sin embargo, cada vez se nota más que, incluso en WhatsApp, la invasión a la privacidad, la reproducción viral de noticias y el deseo de “mimetizar” las conductas irreverentes, a través de memes, en relación a figuras públicas es atroz, porque vivimos en la época de la ausencia mental más que de la “conectividad”.

Ciertamente, cada día hay más “big data”, pero a cada segundo se marchita la privacidad. Sí, más información, menos reflexión. ¿Te has preguntado, al menos en los últimos cinco años, cuándo apagaste tu móvil por algunos días? Yo, en lo particular, procuro hacerlo durante los fines de semana como una medida de sanación, descanso y dedicación al tiempo personal; no obstante, es prácticamente un reto despegarse cuando la gran mayoría hace uso de la red, las telecomunicaciones y la Nube. En otros términos, cuando alguien se quiere comunicar contigo, ya no te habla, “te manda un what”.

Lo anterior representa sólo una muestra de las acciones cotidianas, ya sea en la vida personal o el trabajo, en donde los medios de comunicación modernos impactan en los humanos. Entonces, ¿qué sucede si queremos encontrar un equilibrio que permita la no invasión a la privacidad, a aceptar que hoy la comunicación es instantánea, siendo respetuosos en los tiempos del otro, y en donde la publicidad, junto al marketing, son hechos cada día más constantes?

Precisamente, el día de ayer veía una serie de nombre Colony, en la cual hay un hecho que rige toda la trama: unos extraterrrestres llegan a la tierra para “colonizar” y aplican un gobierno centralista, en donde un alcalde humano es asignado para regir a los ciudadanos. Como buen argumento distópico, en la historia hay una “Resistencia” que pelea por la libertad, combate la opresión y exige mejores condiciones de vida. A la par, los seres alienígenas jamás son vistos, no aparecen en cuadro (lo cual es un acierto) y su gobierno se hace a través de designaciones, como el alcalde antes mencionado, para sentar obligaciones gubernamentales.

Lo trascendente en la trama es que la Resistencia tiene un líder, que se hace llamar “Gerónimo” y comunica sus panfletos idealistas a través de comunicados de radio y pósters. Con el tiempo, las personas se identifican con este ser que lucha por los derechos y la justicia; sin embargo, dicho ser es producto de la propaganda y el marketing.

Como vemos, la publicidad no solamente se remite al envío de mensajes que provoquen la necesidad de consumo, sino a fomentar ideologías, cimentar actitudes y ocasionar acciones humanas.

 

 

 

 

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¿Te atreves a escribir? Piénsalo dos veces si eres un snob

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“…porque el verdadero artista
es el que se esclaviza a las más fuertes disciplinas,
para dominarlas e ir sacando de la necesidad virtud”
(Alfonso Reyes: La experiencia literaria, pp. 89)

En este instante pienso en las personas que hacen de su trabajo un fortín de habilidades y una forja de su destino mediante la disciplina, el esfuerzo y la dedicación; sin embargo, este comentario inicial sólo es una observación simple porque sé que en el fondo el último en conocer su vocación es uno mismo. Si tan sólo despertáramos a la conciencia de saber quiénes somos y qué deseamos, nuestro contexto tendría más gente capaz de desear un cambio, mayores propuestas para iniciativas socioculturales y científicos generosos con sus trabajos en beneficio de todos. Repito, “si tan sólo despertáramos a la conciencia…”.

Ahora que lo social importa más que el humanismo (situación dirigida por el establishment), la necesidad de reconocerse en el otro es menor porque buscamos el reconocimiento de quienes sabemos nos lustran el zapato. Yo opino totalmente lo contrario, pienso que el cambio lo haremos desde la visión personal que tenemos de las cosas –y eso implica un esfuerzo grandísimo para desbaratar los prejuicios, deconstruir el pensamiento y reinventarse como humano– y no caer en la eterna cantaleta de la queja hacia el sistema, un recurso común a falta de métodos argumentativos que se sustenten con validez.

También señalo algo que considero importante para quienes escribimos literatura. A través del tiempo, he visto cómo hay una queja enorme hacia quienes reparten el presupuesto en el rubro de cultura estatal y nacional. Después del acostumbrado cacareo y los sonidos grilleros, sale a flote algo que merece la pena decir: las becas culturales. ¿Qué esto? Para quien no lo sabe –y nótese, tampoco es obligación saberlo– las becas son un estímulo a la “creación artística”, lo cual es muy válido porque es un apoyo para el que desea trabajar en un proyecto sociocultural; sin embargo, esto no es el problema. Éste aparece cuando la queja se vuelve endémica y hay una culpa directa hacia un sistema ya caduco (mundo aparte con personas que se rigen por intereses propios y creados). Pienso, en este sentido, que no debemos tirar la piedra antes de tiempo ni aunque sepamos de quién se trata. El problema es que en México estamos acostumbrados a eso, a la grilla, en lugar de hacer nuestro trabajo como escritores y autogestionar la creación. Por eso, ¿te atreves a escribir? Comprométete, sino piénsalo dos veces si eres un snob.

Si no tienes medios que te apoyen, sé tú el medio. Si te quejas del establishment porque no concede becas a quienes “las merecemos”, inventa tu sistema de autogestión. Buscar culpables es muy fácil, excusarse porque no eres reconocido por un sistema cultural de gobierno tampoco tiene sentido. La literatura es un asunto superior, ajeno a los intereses personales. Precisamente, mala costumbre, todo queremos fácil. No batallar ni gozar de nuestro trabajo es digno sólo de quien no ve más allá de sus ojos. Mi propuesta, porque en lo personal no doy comentario sin solución, es la autogestión sumada al trabajo con oficio de la profesión que se tenga. La mía, sin duda, es por vocación, no por profesión.

Ahora bien, como mi propósito de trabajo es la creación literaria, la tarea que tengo es hacer, fabricar mi literatura. Un método es el ejercicio de la imaginación. Alfonso Reyes es ejemplo evidente, ver cita del epígrafe, con su desempeño como escritor. De manera ingrata en México es poco leído por ser considerado como un escritor de casta, no de raza.

Pero recordemos que escribir no es sólo un acto que se remite a las cosas que nos suceden o situaciones que pasan en nuestro contexto, sino también la escritura puede empaparse de imaginación. Yo pugno por ésta última, sin descuidar los elementos que se puedan aprovechar de la realidad, ya sea de experiencias propias o ajenas. Hasta ahí esto tiene sentido si entendemos que la literatura es ficción, pues, por más que se desee, la realidad jamás será una calca; función aparte, dicho sea esto, es pensar que la imaginación puede otorgarnos vivir una realidad alternativa y es ahí, precisamente, cuando entra el concepto de verosimilitud (hacer que lo que se escribe sea creíble).

También en nuestro país se tiene por costumbre que sólo trabajamos de lo que estudiamos y eso no lo veo del todo positivo, salvaguardando profesiones como la de médico, dentista u otras. La defensa común es “yo no trabajo sino de lo que estudié”. Creo, en este modo, que así la educación fomenta las especialidades y no la apertura personal hacia otras labores. En mi caso, ser escritor es estar comprometido con una postura y con un oficio. Escribir cada día pareciera utópico en este mundo contemporáneo, pero siempre hay tiempo para ahondar en las concavidades de la escritura.

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El sonido barbárico de Thomas Wolfe

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“William Faulkner no sólo consideró a Thomas Wolfe el mejor escritor de su generación, sino el mejor fracaso de la narrativa norteamericana de aquellos primeros compases del siglo XX.”

Así comienza una nota publicada en el periódico El Mundo, de España, y se refiere al gran escritor norteamericano que murió a poco antes de cumplir 38 años el 15 de septiembre de 1938. Lo anterior es ya un incentivo para quienes somos amantes de las letras, pero llama la atención que Faulkner lo tilde como “el mejor fracaso”. Veamos por qué.

Es muy común que el Séptimo Arte sea el parámetro y la referencia para dar a conocer al público masivo a cierto escritor, pintor o personalidad. No por este motivo, vamos a tenerlo como una mala referencia, de vez en cuando hay gemas que no pueden ocultar su luz. En esta ocasión, hablaré de la película Genius (Pasión por las letras, 2016, subtitulada en México), del director Michael Grandage.

La historia abarca las décadas 20 y 30 en los Estados Unidos, la ciudad de Baltimore es el escenario. La Gran Depresión es un síntoma de la decadencia que la primera Gran Guerra ha dejado en la economía y la sociedad padece sus estragos, pero en ciertas circunstancias de desgracia aparecen seres que no pueden ocultar su destino y se empeñan hasta lograr sus objetivos por muy adversos que sean.

Hay varias escenas que en lo particular me causaron bastante conmoción, mismas que citaré conforme transcurre el presente artículo. La primera de ellas es al principio: Thomas Wolfe, interpretado con maestría por Jude Law, ve una imagen que hace referencia a un lugar en el que se publican libros. Cuando la observa, sus pies golpetean -retratados bellamente mientras las gotas de lluvia impactan el suelo- como un martillo la banqueta como un síntoma de ansiedad y ganas por comerse al mundo por muy desgraciado que sea.

La historia tiene puntos álgidos y subterráneos, pero no desentona. La actuación de Colin Firth da un toque de nostalgia, paciencia y sabiduría. Funciona como un catalizador respecto a la figura enérgica de Wolfe. Mientras éste busca en las profundas miasmas de la conciencia a la poesía y todas sus manifestaciones a través de la vida,  aquel es la figura paterna que el poeta careció.

Hay otra escena maravillosa. El editor Maxwell Perkins viaja en el tren rumbo al trabajo. La víspera -día en que conoció a Wolfe- comenzó a leer con extensa atención la novela El ángel que nos mira (1929), la cual en un principio no tenía ese nombre. El primer pasaje es leído bellamente en voice off y anticipa belleza como profundidad en la historia.

Con una voz suave, dice (en su traducción):

…una piedra, una hoja, una puerta ignota; de una piedra, una hoja, una puerta. Y de todas las caras olvidadas.

Desnudos y solos llegamos al desierto. En su oscuro seno, no conocimos el rostro de nuestra madre; desde la prisión de su carne, vinimos a la prisión indecible e inexplicable de este mundo.

¿Quién de nosotros conoció a su hermano? ¿Quién de nosotros observó el corazón de su padre? ¿Quién de nosotros no estuvo siempre prisionero? ¿Quién de nosotros no será siempre un extranjero solitario?

 

La escritura de Wolfe es manifiesta belleza y observación en un orden poético, pero es singularmente la pasión, el sufrimiento, el que aborda con mayor profundidad. Lo anterior se acentuó al conocer a Aline Bernstein, mujer mayor, dominante y posesiva que, sin embargo, arropó al escritor en cada momento. La interpretación de Nicole Kidman es, en cierta medida, puntual. No va más allá de las exigencias y cumple.

Pero lo que más ha llamado mi atención en esta historia es la energía poética de Wolfe. Al ver este film, un texto de Walt Whitman vino a mi mente como una paloma mensajera proveniente de aguas turbias: se trata del poema LII de Canto a mí mismo. Los versos dicen: “Yo también soy indomable e intraducible, / y sobre los tejados del mundo, suelto mi graznido salvaje.”  En su idioma original, barbaric yawp resulta intraducible por el vocablo “yawp” y en lo particular esto es lo que pienso de Wolfe: un escritor debe a la fuerza del lenguaje su naturaleza literaria. Así, pues, ese graznido bárbaro es lo que grita, porque lo más íntimo e indeseable en las historias es la honestidad con la cual se cuenta.

Hay otra escena fundamental. Es quizá la cumbre en cuanto a significado para los dos protagonistas: cuando llega Wolfe de París, Max Perkins lo recibe en el puerto y se alegran por verse. Luego de eso, Wolfe sugiere a su amigo que vayan a un sitio muy especial para él. Llegan a un edificio viejo, pero antes pasan por un hospicio para mendicantes. El escritor ve a cada uno de ellos en la miseria y esto le puede mucho. En la siguiente escena Wolfe le pregunta a su amigo, parafraseo, si escribir tiene sentido porque se cuestiona si para los indigentes y desamparados la literatura tiene un sentido verdadero. Entonces, Max Perkins responde que sí, pues el legado de un escritor reside en las palabras que pueda otorgarle al mundo a través de un mensaje auténtico.

 

Cápsulas

  • La película está basada en el libro Max Perkins: Editor of Genius, de A. Scott Berg
  • Thomas Wolfe es considerado un escritor de la talla de Ernest Hemingway y F. Scott Fitzgerald, pero no tuvo el remombre de éstos por haber fallecido joven

 

Cfr.: El Mundo. Antonio Lucas. Nota publicada: http://www.elmundo.es/cultura/2014/07/07/53b9983122601df21c8b4581.html

En su idioma original: “I too am not a bit tamed—I too am untranslatable;I sound my barbaric yawp over the roofs of the world.”

 

 

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La importancia de escribir

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En la novela A salto de mata, el escritor Paul Auster escribió:

“El escritor no <<elige una profesión>>, como el que se hace médico o policía. No se trata de escoger como de ser escogido, y una vez que se acepta el hecho de que no se vale para otra cosa, hay que estar preparado para recorrer un largo y penoso camino durante el resto de la vida. A menos que se resulte ser un elegido de los dioses (y pobre de quien cuente con ello), con escribir no se gana uno la vida, y si se quiere tener un techo sobre la cabeza y no morirse de hambre, habrá que resignarse a hacer otra cosa para pagar los recibos”.

Al respecto, he reflexionado acerca de la percepción que existe del “escritor”, palabra que en la actualidad es peligrosa (no tanto por su significado, que antaño se ganó el sinónimo de “inteligencia”) porque su contenido ha tornado a otras instancias que van más con la bohemia y el escándalo, con los llamados “bloggeros”, redactores de agencias publicitarias, que realmente con el trabajo oficial de escribir.

Comenta el escritor neoyorquino que el escritor no “elige”, sino que su trabajo es “recorrer un largo y penoso camino”. Además de lo anterior, agrego que a pesar de los inconvenientes, el escritor debe prepararse y tener una responsabilidad con su escritura, con su contexto. Él no vive en una torre de marfil. El verdadero escritor se compromete con su trabajo; no es precisamente redactor de “domingos”.

Actualmente la escritura es un terreno amplio en donde las posibilidades laborales son más palpables que antaño. Hay agencias de publicidad que solicitan “redactores”, “copys”, “community managers” y blogueros; sin embargo, en mi experiencia puedo decir escribir no se trata de soltar la pluma esperando “que la inspiración me llegue”, no, de ninguna forma: escribir requiere tiempo, dedicación y conocimiento. Con lo anterior no quiero afirmar que la inspiración no existe, sino que se necesita talento, incluso emoción para hacerlo.

Ahora bien, cuando el amplio territorio de la escritura se abre, dejan de existir brechas, que precisamente son ocasionadas por una falsa percepción. Yo me he llegado a preguntar: “¿Tiene sentido escribir?”, “¿para quién escribo?”, “¿por qué escribo?”, “¿para qué escribo?”, “¿realmente vale la pena?”. Si alguien me pregunta si tiene mérito, le respondo que sí, para empezar con uno mismo.

Hoy el camino de la ficción literaria y la escritura realista parecen tomar un papel importante (desde lo personal).

Escritor no es solamente hacer diligencia de funcionario público para una institución de gobierno. Tampoco es acudir a tertulias que finalmente son parte de una farándula literaria cada vez más rancia. Pienso que el primer compromiso del escritor es, como su nombre lo indica en origen, escribir. ¿Los temas? Esos los definirá él/ella y el estilo se irá cuajando con el tiempo, de modo que entre en sazón con los diferentes condimentos que agregue.

Aunque, lo confieso, se tiene una percepción errónea de quien escribe. En última instancia, el escritor no cambia al mundo, sólo contribuye en crear nuevas formas en el lenguaje, variaciones en los temas, aporta historias, crea imágenes, inventa sueños, recrea sensaciones a través de una memoria fragmentada en signos. También construye su estilo, la voz que lo distinguirá de otros narradores o poetas.

Por último, el escritor sólo tiene una herramienta para hacer su trabajo: el lenguaje. Y una cualidad, a mi juicio: la paciencia. En suma, importa tener especial cuidado en tildarse “escritor” por fama o nombrarse escritor por necesidad y vocación. Me inclino, por supuesto, por ellas.

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El peatón que soñaba sus pasos

Caminar nunca es aburrido. Cuando lo haces, el mundo se abre a nuevas realidades y, a pesar de andar por los mismos sitios, nunca se recorre el mismo camino. Siempre es distinto el aire, las nubes, la noche y sus estrellas. Incluso los ladridos de los perros son más misteriosos un día y otros mucho más cotidianos, no obstante, si esperas algo extraordinario, será mejor que no lo hagas porque llega en el instante más inesperado.

Como peatón, eres un andariego. No hay atajo en tu camino que te detenga, te enfocas en pasearte como lo has hecho durante los últimos diez años. ¿Acaso te has salido del camino alguna vez en tus caminatas nocturnas o matutinas? Lo más seguro es que sí. Es placentero comenzar una vigilia y luego dormitar entre las sábanas después de un merecido descanso tras larga caminata. Tal vez por eso caminaste tanto. Yo creo que quizá pudiste dar la vuelta a la tierra en ese tiempo. Imagínate que durante cada noche recorrías hasta quince kilómetros. Multiplícalos por 365 en 10 años.

Pero te quiero decir que tengas cuidado con los otros caminantes. Ellos ahora por cualquier cosa te detienen. Inventan excusas para estropear tu camino y ahí sí que es difícil zafarte. Cuando veas uno, vete. Te ofrecen la venta de artículos que no están en tu mundo, algún boleto de la lotería o los típicos Chac Mool de barro.

Has caminado largo tiempo por las veredas de la ciudad y has visto muros que con el tiempo fueron derribados, lugares que antes frecuentabas hoy son polvo y pertenecen más a tu memoria que a la realidad. Es extraño, mas danzan en el aire las palabras de Antonio Machado: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Tu memoria las ha vaciado en un odre para que en cada paso las huellas sean distintas.

Peatón, no te confundas, no eres el mismo que el de Sabines y el de Bradbury, tú eres diferente. Prefieres caminar con el aire de un poeta o de un pintor, aunque no lo seas. Eres Odiseo, Breton y Sócrates, también eres el viandante que lleva su mochila a cuestas después del trabajo. En tus zapatos están los ácidos escritos de Ian Curtis en la grisácea nube de Manchester; también eres el visitante de los parques que dice Cortázar en alusión al relato de Madame Bovary.

Y a este paso, también eres un Borges. Él decía que en las tardes gustaba ser un caminante más de Buenos Aires, junto a su gran amigo Bioy Casares. Aclaraba sus ideas entre los viejos muros, entre el fervor citadino. Pero creo, sinceramente, que el tiempo no le alcanzó para recorrer su biblioteca. Antes, Alonso Quijano, mejor conocido como Don Quijote, arremetió toda la mancha como caballero en la búsqueda de un nombre. Tal vez no lo supo, pero hoy sus desventuras rondan por el orbe.  Pero no ha muerto, vive en tus pasos, peatón, porque llevas en la espalda todo el sentimiento de una época perdida como la nuestra (como él la miró).

Hay un comentario más para ti, amigo peatón. Pregúntate si un día despertaras en otro escenario que no es el que acostumbras. ¿Qué pensarías? No lo sé, porque tus pasos dirigen un sendero incierto, o tal vez quieras hacer caso a Li-Young Lee cuando dijo: “En mi origen yo busco mi destino”. Así tengas 20 u 80, seguirás siendo un vago, un ser que busca el placer de oír, amar y conmoverse.

¿Qué es lo que miras, peatón? ¿Qué ves en tu ciudad? ¿Quieres ver un horizonte diferente? ¿Hay pájaros que cantan? Apuesto que sí, pero sin desacreditar los sitios que habitas, creo que hace falta algo: diálogo. Pero como peatón, te entiendo. Cuando agarras calle, como se dice popularmente, lo único que deseas es estar con tus pensamientos, repasar escena por escena las preocupaciones, interrogar la vida. Es preciso decirlo, de eso trata la gran novela de nuestras vidas: caminar hacia lugares con el deseo de encontrar la tan anhelada paz.

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¿Por qué escribir?

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Con la formulación de la pregunta inicial, considero responderla y dedicarme sólo a revisar las razones, las cuales considero pertinentes comentarlas en esta columna.

Al mismo tiempo, he pensado en que esta pregunta implica otras como: ¿para qué escribo?, ¿para quién escribo?, ¿qué ofrezco como escritor al mundo? El sólo hecho de escribir este comentario es un indicador de una pre-ocupación de mi oficio como escritor.

Para comenzar, escribir implica un compromiso personal. Pero escribir no proviene del compromiso de escritor, sino del compromiso que una persona pone como objetivo hacia la consolidación de un fin. Antes del escritor está la persona; no lo olvidemos. Por tanto, considero hacer énfasis, en primera instancia, en la ética del escritor, la cual se une a su compromiso, que debe estar completamente arraigado a su personalidad.

Borges, en su famoso prólogo al poemario El oro de los tigres, dice:

“Para un verdadero poeta, cada momento de la vida, cada hecho, debería ser poético, ya que profundamente lo es. Que yo sepa, nadie ha alcanzado hasta hoy esa alta vigilia.”

Cada instante es poético, en otras palabras, pero esto es en dependencia del poeta y de la persona que escribe. El escritor argentino es muy puntual al cerrar la máxima, pues deja claro que nadie ha alcanzado tal situación; sin embargo, agrego a su comentario el compromiso de escribir. Es entonces cuando viene a colación la pregunta “¿Por qué escribir”.

Para efecto inmediato, lo primero que diré es por hedonismo. Sea a través de la narración o la alta esfera de la poesía, o mediante un ensayo o reseña -así como otros géneros- escribir debe ser un placer. Quienquiera que seas, no escribas por sentirte comprometido sino por estar comprometido con tu escritura. Cuando surge la traba o el bloqueo mental, deja de escribir y no te concentres; al contrario, piensa en qué escribirías a través del bombeo mental del corazón(quiero llamar así como una forma de honra poética).

Lo anterior quizá suena a un mal consejo, sobre todo si tú, lector, no estás comprometido. Recuerda que el mejor monasterio es el que hace el monje mediante sus costumbres. Por tanto, escribe con ética, escribe comprometido y, para terminar, no temas a la crítica, pues siempre existirá.

¿Por qué escribir? Agrego otra razón: porque somos humanos y deseamos manifestar, estética o comunicativamente, lo que sucede en nuestro entorno colectivo e individual.

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Finales inesperados, escritores diferentes

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El comienzo de una historia es tan importante como su desarrollo y su final, pero es aún más importante mantener una línea de tensión a largo del relato. Desde luego, lo anterior no significa que toda historia deba seguir el dictamen aristotélico de principio, desenlace y final. En este sentido, los humanos nos hemos acostumbrado a este tipo de estructura en las historias (literatura, cine y teatro, sobre todo en el segundo); no obstante, hay otras que se distinguen por ser tan entramadas que el público lector es un juez inequívoco: o las idolatra o las repele. La intención de este comentario es, precisamente, hablar de las historias que tienen la ambivalencia de no seguir la tradición del 1,2,3 aristotélico. Por supuesto, aclaro que la poética de este filósofo griego es así porque en este modo se hacía en su tiempo y el modelo tradicional ha prosperado hasta nuestros días.

Para comenzar, imaginemos una historia que comience por el final. Recuerdo en este instante la película Irreversible (2002), de Gaspar Noé, en la cual, mediante un tramado hacia atrás, ayudado con el recurso visual de la cámara, el director introduce a un grado de tensión casi insoportable por el grado de violencia en las imágenes. La historia, para no decirla toda, la resumo en una secuencia de escenas que relatan la vida de sus dos protagonistas y cómo el caos impera en su época adulta a partir de una violación narrada en una sola toma –por cierto, escena cruenta y con una duración de casi diez minutos– en un solitario pasillo del metro subterráneo de París. El final es relevante como el principio, porque la vida en todo momento tienes sus puntos de importancia. Así como hay una antipoesía, también existe un anticine. Este film es una muestra, porque incluso el sonido es un cuentagotas que incendia nuestros sentidos y difícil de aguantar por la exacerbada y violenta morbidez.

Ahora bien, imaginemos otra historia, que empiece por una alternativa que de entrada hace trastabillearnos como lectores. Un maestro del cuento como Julio Cortázar lo narra como un desplazamiento de los sueños. Se trata de “La noche boca arriba”, publicado en el libro “Final del juego” (1956), un relato en el que hay dos posibles finales en dos tiempos diferentes.

La magia de este cuento cobra relevancia cuando pensamos en el juego de las posibilidades narrativas. El escritor argentino deja un sabor a albahaca y vegetación cuando nos remite a un tiempo mítico en el que un moteca será sacrificado en la hoguera; no imaginamos, por supuesto, el porqué de todo este entramado porque comienza la historia con un hecho diferente en otro plano de la realidad. En este sentido, la irreverencia narrativa es vital cuando el autor tiene armas secretas para introducirnos en el suspenso.

La dicotomía de este tipo de narraciones consiste en causar algo diferente e inusual en el espectador y lector. Lo común –y cada vez más frecuente– es encontrarnos con historias llanas que rayan en un simplismo muy acorde con la cultura contemporánea, cada vez más enfocada en simplificar la dispersión y el entretenimiento. Pero si bien es cierto que a pesar de su índole chambona, tales historias en ocasiones contienen un mensaje de consideración. Ahora bien, si volvemos a las historias como las que he referido, nos encontramos, además de un referente distinto, con una cosmovisión del autor y un estilo narrativo, ya sea en cine o literatura. Destaco, por lo tanto, el hecho de poner más énfasis en historias construidas por autores que saben su trabajo y ven más allá que estructuras narrativas lineales, las cuales finalmente no aportan a la cultura.

Los escritores de literatura y cine deben hacer más hincapié en su labor pues aquellos que más tienen en serio su trabajo, son los que perduran por sus obras.

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La novela “Los 70´s después de Cristo” se presenta en la Uanleer 2017

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En el marco de la Feria del libro Uanleer 2017, el escritor Luis Estrella presentó su más reciente novela Los 70´s después de Cristo, el domingo 19 de marzo a las 11 am.

Acompañado de los escritores Luis Valdez y Hermann Gil Robles, quienes respectivamente leyeron un trabajo reflexivo de la novela en turno, Luis Estrella habló acerca de las posibilidades de escritura a través de historias que se entrelazan y en donde el autor de una obra literaria no es sólo un contador de relatos sino un participante activo en la trama así como los personajes, pues ellos viven en constante movimiento dentro de una historia.

“Hay una vertiente que se sigue, que es la ciencia ficción, pero también como es una secuencia que está dentro del realismo literario. Yo no soy partidario tanto de eso, pero yo creo que aquí lo que se dice de la poesía mucho tiene que ver las posturas que yo tengo. Y como lector de poesía pues está palpando mucho”, apuntó el escritor tamaulipeco.

Ante tal premisa, la ciencia ficción abre paso a otras posibilidades narrativas, como es la apertura de este género literario hacia la poesía y mucho de esto se debe a la influencia del autor y su planteamiento de “la dignidad de la poesía” en relación a no perderla, a conservarla como una de las más altas disciplinas.

En relación a lo anterior, Hermann Gil Robles apuntó: “Incluso, es posible que el texto se trate, más que de una utopía, un anhelo del autor, una búsqueda por una sociedad formada por la imposible esperanza de un mundo dedicado al arte, y en ese mundo es que la historia, sus personajes, los edificios y las guerrillas, sobreviven dando bocanadas en cada frase. Un mundo creado por los personajes de sus personajes.”

En este sentido, los protagonistas de la historia desean desmitificar la figura del escritor ideal sometiéndolo a un severo examen de conciencia mediante los protagonistas Cristo y Valdemar, y es, precisamente, un tercer personaje antagonista llamado Madame Dadá, quien lleva la batuta como una poeta que desea destacarse en el mundo literario de Carmenia, la ciudad en la cual se desarrollan los personajes.

El autor de Los 70´s después de Cristo “diseña su propio ensayo, sus dilemas y cuestionamientos desde el territorio de la creación literaria”, señaló Luis Valdez, el cual aseguró que esta novela es el punto central en la obra de Luis Estrella, ya que él es un escritor que escribe novelas de una historia que engloba su universo literario.


*Artículo publicado originalmente en la revista Diario Cultura.

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